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Santa Cruz del Sur: del desastre al aliento

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   Quizás las imágenes de la televisión o de una fotografía, por más que se quiera, nunca expresarán con toda vivencia el desastre ocurrido en los barrios costeros de Santa Cruz del Sur, en la provincia de Camagüey, golpeados con saña por el huracán Paloma la noche del sábado ocho de noviembre.

   Una periodista de esa ciudad, al llegar un grupo de reporteros al poblado, expresó con dolor: “Lo de La Playa es desolador”.

   La zona residencial del litoral, separada unos dos kilómetros de la parte principal de la ciudad, es conocida como Playa Bonita, o sencillamente La Playa, en el lado este, y en ella está el núcleo fundacional del poblado pesquero. Al oriente radica la otra sección de viviendas, más pequeña y menos poblada que la anterior.

   Este lugar, el del litoral, vive marcado por la tragedia ocurrida allí el nueve de noviembre de 1932, cuando un huracán que transitó cerca empujó el mar tierra adentro, cubrió todo el caserío y causó más de tres mil muertes.

   Eso no se olvida, y quien vaya de visita obligatoriamente tiene que referirse y preguntar por tan funesto suceso.

   El barrio de La Playa se asienta en una larga y estrecha lengua de tierra de dos kilómetros aproximadamente, que por el frente tiene al Mar Caribe y por el fondo una pequeña rada que sirve de puesto pesquero.

   Cuenta con una calle principal, con las viviendas encimadas a la vía sin acera, y una más por el mismo litoral. Por la parte del fondeadero tiene una de poca extensión, al igual que algunas que atraviesan la de entrada al barrio.

   Sus pobladores, como quienes les antecedieron en la vida, se dedican a la pesca: unos en embarcaciones langosteras, camaroneras y de captura de peces, otros en las labores industriales de este rama y últimamente en la camaronicultura, en auge en Santa Cruz del Sur.

   Pero esta geografía de La Playa cambió en la noche del ocho de noviembre de 2008, un día antes del aniversario 76 de la tragedia de 1932.

   Todo ocurrió cuando el meteoro Paloma llegó  a las 7:25 de la noche a un punto cercano a Santa Cruz del Sur con vientos de huracán categoría cuatro de un máximo de cinco en la escala Saffir-Simpson.

   Para esa hora en las casas del litoral, en sus dos lados, no quedaba nadie, salvo algunos hombres que se quedan para proteger los bienes de su familia y de vecinos.

   Con el antecedente del lo ocurrido en 1932 y la insistencia de las autoridades por alejarse del lugar cuando existe amenaza de ciclón tropical, los pobladores abandonan sus casas y van hacia albergues en la ciudad de Camagüey, a unos 80 kilómetros de allí, o de familiares y amistades tierra adentro.

   Ahora se les sitúa transportes para que lleven a sitio seguro muchas de sus pertenencias y ómnibus que trasladan a los habitantes.

   Eso es una ventaja que se cumple rigurosamente.

   A pesar de ello los destrozos fueron considerables, sobre todo en viviendas, porque, como alertó continuamente el Instituto de Meteorología, el mar entró por el litoral 1,5 kilómetros.

   Las olas eran de tres a cuatro metros, y en una casa con el piso alto el agua me llegaba al cuello. En 57 años que tengo nunca había visto nada igual, contó poco después Pedro Ripoll, uno de los que siempre permanece en la protección del barrio.

   Cuando ya el mar se había retirado a sus límites habituales, “Paloma” se deshacía en el norte de Camagüey y la claridad del día dio luz, el panorama de La Playa era verdaderamente desolador.

   Decenas y decenas de viviendas, la mayoría de paredes de madera y techo de tejas (de planchas de zinc o fibrocemento, y algunas de tejas francesas) dejaron de existir, muchas más con las puertas y ventanas arrancadas por la fuerza del mar. De las que se mantienen en pie a la vista, por dentro están marcadas por el fenómeno, y los útiles del hogar convertidos en un amasijo de cosas, amontonados sin orden y sin importar el destrozo.

   Imagínese la calle principal por un minuto: cubos, cucharas, gallinas muertas, jarros, pedazos de vigas de techo o paredes, trozos de madera, de tejas, ropa, algún refrigerador.

   Lo que quedó en las casas el mar lo sacó y se lo llevó, o si no pudo hacerlo lo dejó en la calle, dijo Ripoll como si el mar fuera un mal personaje.

   ¿Y ahora, qué?, le pregunta el periodista.

   Mira el desastre que hay a su alrededor y fija la vista en el piso de donde estuvo hasta unas horas antes una casa, donde él creció y se hizo hombre.

   No nos vamos a morir, expresó enfático.

   Golpeada Cuba este año con fuerza por destructores huracanes, siempre saca fuerzas para arreglar y seguir adelante.

   Los pobladores del litoral de Santa Cruz del Sur lo saben porque son parte de ello.

   Pero aunque aman esa lengua de tierra saben que ya es hora de dejar los recuerdos y construir sus casas en un lugar que les brinde más seguridad, y dejar en el olvido la zozobra de cada año, con la temporada ciclónica, evacuarse cada vez que un meteoro anda cerca y sufrir sus embates, sobre todo de ese mar que les da vida y a veces también penas.

  

 

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