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Amalia, la de Ignacio

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Por Lucilo Tejera Díaz

 

"Idolatrada esposa mía: Mi pensamiento más  constante en medio de tantos afanes es el de tu amor y el de mis hijos. Pensando en tí, bien mío, paso mis horas mejores, y toda mi dicha futura la cifro en volver a tu lado después de libre Cuba..."

   Ignacio Agramonte, Camaguey, julio 1/1871

 

 A los 24 años, Amalia era una muchacha elegante, con los hermosos ojos negros y abundantes cabellos que caracterizan a las camagueyanas. Su voz tenía un agradable timbre soprano. De exquisita educación, dominaba el inglés, el italiano y el francés.

 

Así la vió y escuchó una tarde veraniega de 1866 el joven estudiante de Derecho Ignacio Agramonte y Loynaz. Se conocían de vista desde pequeños. Pero aquel día fue decisivo: cada uno quedó prendado del otro.

 

Cuando se comprometió con Ignacio, acababa de regresar de un viaje de cinco años por Norteámerica y Europa, en compañía de sus padres y hermana.

 

Francisca Margarita Amalia era la mayor de las dos hijas del matrimonio formado por el médico José Ramón Simoni y Manuela Argilagos, familia acomodada en la sociedad principeña de la época.

 

Amalia nació el 10 de junio de 1842, apenas seis meses después que Ignacio (23 de diciembre de 1841), con quien se casó en la parroquia de Nuestra Señora de la Soledad el primero de agosto de 1868.

 

Pero para llegar a aquel momento tuvieron que sortear el difícil escollo que representaba el padre de la muchacha. Ignacio, aunque sin aprietos económicos, no era bien mirado por el cabeza de familia, ya que sus riquezas materiales no se correspondían con la de los Simoni.

 

En un momento de tensión ante la oposición paterna, Amalia le expresó: ’’No te daré, papá, el disgusto de casarme contra tu voluntad, pero si no con Ignacio, con ninguno lo haré.’’

 

Puede decirse que aún en luna de miel, Ignacio va a la manigua redentora el 11 de noviembre de 1868, para luchar contra el colonialismo español.

 

Si durante la etapa de noviazgo, cuando él estudiaba o trabajaba en La Habana y ella permanecía en Puerto Príncipe, el intercambio epistolar fue intenso y muy emotivo, en el período de la guerra alcanza una trascedencia que perdura por el desbordamiento de amor y de patriotismo.

 

’’Mi paloma arrulladora’’,  ’’Idolatrada mía’’, ’’Angel mío’’, son frases que constantemente aparecen en las cartas del guerrero para su amada. Amalia le corresponde: ’’Tu deber antes que mi felicidad es mi gusto, Ignacio mío.’’

 

El primero de diciembre de aquel año inolvidable, la familia Simoni decide abandonar la casa-quinta de Puerto Príncipe y trasladarse a la finca La Matilde. En la ciudad estan signados por las autoridades coloniales: los dos yernos del doctor Simoni son líderes de la insurrección.

 

Cuando la vida de campaña lo permite,  para la pareja se convierte en un lugar de amor ’’La Matilde’’ , donde nació el 26 de mayo de 1869 el primogénito Ernesto, al cual su padre nombraría cariñosamente ’’Mambisito’’.

 

Pero la situación en aquel lugar se había complicado por la cercanía de las operaciones enemigas. Agramonte, para entonces ya un respetado jefe, decidió trasladarlos a un sitio que llamó ’’El Idilio’’, en las proximidades de la serranía de Cubitas.

 

Sin embargo, tiempo después vendría la separación definitiva: celebraban el cumpleaños del niño cuando se anunció la inminente llegada de una columna española. ’’La esposa de un soldado tiene que ser valiente’’, fue lo último que le escuchó decir Amalia a su marido.

 

Las mujeres cayeron en poder de las autoridades peninsulares, y el jefe de la plaza de Puerto Príncipe pidió a Amalia, entonces embarazada, que escribiera a Agramonte conminándolo a deponer las armas. La respuesta de la patriota fue como un latigazo: ’’Primero me cortará usted la mano que le escriba yo a mi marido que sea traidor.’’

 

’’¡Fáciles son los héroes con tales mujeres!’’, diría años después el Prócer cubano José Martí, al conocer de este lance.

 

Viene el exilio a Estados Unidos, donde nace Herminia, la segunda hija del matrimonio. Amalia, agrega a su tarea como madre, un  intenso activismo por la indepedencia de Cuba .

 

El 11 de mayo de 1873 cae en combate en los potreros de Jimaguayú el mayor general Iganacio Agramonte, uno de los principales y más queridos jefes de la lucha independentista, a quien sus soldados llamaban, simplemente, El Mayor.

 

Amalia conoce de este fatal suceso en Mérida, México, y enferma de gravedad, pero el amor materno y la causa cubana la animan a seguir en la vida. Vuelve a Estados Unidos y continúa la acción en favor de Cuba libre. En Nueva York conoce al joven Martí, interesado por todo lo bueno de su Patria.

 

Al concluir la Guerra Grande (1868-1878), Amalia regresa a su Puerto Príncipe, pero en 1895 estalla la nueva contienda,  organizada por Martí, y el gobierno colonial practicamente la obliga a emigrar. Le temen a su ejemplo y a su patriotismo.

 

De vuelta a Estados Unidos, otra vez  recauda fondos para la lucha. En la temporada actúa como soprano en el De Garmo Hall, de Nueva York, en funciones de beneficio. Tiene buena acogida de la crítica, que llegó a considerar su voz entre las mejores y más timbradas de entonces, según su amiga la poetisa Aurelia Castillo.

 

Al finalizar sin independencia la guerra, se opone tenazmente al intervencionismo yanqui y a la Enmienda Platt. Le ofrecen ayuda económica por ser la viuda de El Mayor, pero la rechaza: ’’Mi esposo no peleó para dejarme una pensión, sino por la libertad de Cuba."

 

   El 24 de febrero de 1912 devela en el principal parque de la ciudad de Camaguey -antes Puerto Príncipe- una estatua ecuestre de Agramonte, hecha por colecta popular. El parecido es tal que   sufre un desmayo.

 

A los 73 años de edad falleció Amalia en La Habana. Había pedido que la enterraran junto a su padre en el cementerio de Camaguey, cerca de donde podría estar su amado Ignacio, cuyas cenizas debieron ser esparcidas en el camposanto por orden de las autoridades españolas, según reza la leyenda popular.

 

Desde el primero de diciembre de 1991, los restos de Amalia reposan en su querido Camaguey, a donde fueron trasladados  desde la capital cubana.

 

Aquel día la ciudad conoció uno de los más grandes homenajes de la Historia Patria. Comentaron, con razón, que se asistía al verdadero sepelio de Amalia y al que no tuvo Agramonte.

08/12/2011 07:44. Lucilo Tejera Díaz sin tema

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